Antolina y don Avino
Antolina está contenta, va camino a la ciudad. Desde muy temprano estaba lista y también alborota. Se ha vestido atrevida, color rojo, tacón alto y perfuma; también lleva sus aretes y otras joyas más.
Ha salido ya a la calle y se han puesto a murmurar sus amigas las vecinas cuando la han visto pasar.
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¿Qué le pasa a Antolina, a dónde cree que va?-murmura así doña Clotilde, sin dejar de hablar.
-¡Que vergüenza!-dice Prudencia. Si hasta de rojo va.
Antolina les sonríe sin decirles ‘na’. Más adelante en la esquina, muy cerquita al viejo bar, don Polonio ya se acerca y la quiere piropear; pero ya lo ha visto ella y se aleja del lugar. Se han reído los amigos de Polonio allá en el bar.
-¿Qué creía usted mi viejo amigo...que la iba a conquistar?-le dijo así don Florentino invitándolo a pasar.
-Esa está comprometida-dijo Telésforo, el más viejo de aquel bar.
-¿Qué sabe usted de esas cosas?-se escuchó a don Lucrecio murmurar.
-Yo sé bien lo que les digo, pues ha sido don Avino quien la invitó a almorzar. Se rieron todos los amigos que jugaban el billar.
Mientras tanto, Antolina sigue su paseo muy coqueta en la ciudad. Ya casi se aproxima a la vieja catedral. Allí está doña Custodia quien se escandaliza y se hace persignar.
-¡Que descaro!-ella comenta.
-¡Que atrevida va!-dice Marcolina, a Perfecta y las demás.
Antolina les sonríe, sabe que murmuran, pero le da igual. Ella sigue su camino y ya llega a su destino entrando a un ‘restaurant’. Allí la espera don Avino, con camisa blanca almidoná y se quita su sombrero invitándola a pasar. Ya están los dos muy sentaditos y comienzan a ordenar, a la bella Rosalía, la mesera del lugar. Y es que por fin, ya don Avino se ha atrevido a conquistar, a la dama Antolina ¡quien ha sabido esperar!
Y es que, cuentan y no acaban todos en la vecindad, que por años Antolina ha vivido enamorá, de ese don Avino que llegó un día, de repente a la ciudad; pero el hombre era todo un picaflor y también un buen don Juan, queridas tuvo muchas a quienes supo enamorar, pero Antolina (muy tranquila) prefirió esperar, pues para ella un anillo y una boda eran requisito esencial.
Así transcurrió el tiempo hasta que don Avino se cansó ser un don Juan; decidió entonces que ya era el tiempo de un compromiso que fuera de verdad; y siguiendo los consejos del amigo don Porfirio, Florentino, Telésforo y los otros en el bar, escogió entonces a Antolina sobre todas las demás.
Así llegó por fin el día para ambos festejar y sonaron las campanas, a las doce en la catedral, al mismo tiempo en que Avino sus amores a Antolina comenzaba a declarar. Allí estaban sus amigas sorprendidas de verdad, asomándose todas juntas tras la puerta de cristal: Custodia, Clotilde, Marcolina, Perfecta, Prudencia y las demás.
-¡Por fin se compromete! ¡Que barbaridad!-comentan y se alejan camino a la catedral.
Entonces don Avino de la Torre y del Villar le entregaba así el anillo a doña Antolina del Castillo Villarreal.
autor: Miriam R.
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