Fragilidad
Era una tarde de domingo.
Una lanquidez de ocasos fértiles
ondulaba el ventanal;
¡La infancia!, trasnochaba otoños.
Era una tarde de domingo,
el sol erguido hería las miradas.
El contorno de la primavera,
asomaba su frágil cintura.
El cristal del horizonte
parpadeaba llamas encendidas,
un fragmento angelical,
sucumbía en la distancia.
“…parece que el silencio,
evoca una alborada”…
comentó la niña dulce,
que la tarde contemplaba.
“parece que las aves,
emigran a distancia”…
comentó la niña dulce,
de la tarde extasiada.
Y así pasaba el tiempo,
la niña con la nada,
aquellas tardes fertiles,
de soles a distancia.
Eran los domingos,
de tardes prolongadas,
girasoles invertidos,
rosales de nostalgia.
Así las estaciones,
del tiempo se sumaban.
inviernos con veranos,
la niña con su nada.
…pero un sol inadvertido,
a la niña contemplaba,
y despojó todas las tardes,
de las sombras abrazadas.
Arrojó a su pecho cirios,
de encendidas madrugadas,
comprendió la niña dulce,
que la tarde se alejaba.
Fué una tarde de domingo,
que escuchó las campanadas,
y el yagrumo floreciente,
en el cielo la esperaba.
Era una tarde de domingo,
un equilibrio sin razón,
un tiempo de augurios
que exigian calma.
Una calma equidistante,
ajena al tumulto de la nada,
a la interperie, sin resguardos,
desorbitada, restaurando ideas.
Un otoño sin camisa,
un frescor de madrigales,
un ardor de luna blanca,
de estrella mágica dorada,
una cristalina vid de naranjales,
de frutas secas y gaviotas…
¡…y la niña dulce, fresca y consentida,
se transformó en brisa,
conjungándose en la nada!
autor: Miriam R.
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