Art by Earl Brown
Oréades y Nereidas

el encuentro entre las ninfas, hijas de Zeus y
las nereidas, hijas de Nereo


En el principio, cuando los continentes comenzaron a formarse sobre la faz de la tierra, también surgieron bellas islas del fondo del océano. En una de esas islas, cubierta por montañas comienza esta historia. Pero antes, mucho antes que las islas, el océano y la tierra… existía el caos. Los antiguos dioses habitaban solos en sus moradas, construidas por los cíclopes.

Zeus era el dios que regía y reinaba en el Olimpo, acompañado de su esposa Hera. Cansados de estar solos decidieron pues entonces poblar las islas.  Procrearon entre ellos bellas ninfas.  De entre éstas, nombraron a un grupo como las Oréades y las llevaron a vivir en una de esas islas frente al mar, que es hoy el mar Mediterráneo, mientras  las vigilaban desde sus moradas.

A estas ninfas las dotaron con dones y virtudes especiales, como: la bondad, la ternura, la dulzura y la fraternidad, entre otros.  Desde sus moradas olímpicas los dioses regaron semillas sobre la isla en que ellas habitaban, que produjeron exquisitos frutos con los cuales las ninfas se alimentaban. Así ellas fueron creciendo hermosas y saludables a la vista de sus padres Zeus y Hera.















Pero resulta que Nereo, el dios marino, comenzó a sentir celos y envidia de las hermosas ninfas, hijas de Zeus que habitaban en la isla, ya que eran mucho más hermosas que sus hijas, las nereidas, quienes vivían en el fondo del mar. Entonces Nereo procuró un plan para atrapar a las ninfas y ocultarlas de la vista de los futuros mortales que habitarían en la tierra, ya que esos eran los planes de Zeus.

Nereo se reunió con sus hijas y les propuso que atrajeran la atención de éstas con sus hermosos cánticos.  Una vez en la orilla del mar, él se encargaría de atraerlas hasta el fondo del océano; y ya que nunca habían visto el mar, se ahogarían para siempre, porque no sabían nadar, ni sumergirse. Mientras tanto, las sirenas obedecieron a su padre desconociendo su propósito y comenzaron a cantar, y eran sus voces tan melodiosas y tan agudas, que llegaron hasta los oídos de las ninfas que habitaban en la isla solitaria. Éstas corrieron hasta llegar a la orilla de la playa, donde vieron por vez primera el mar.

Cada vez más se escuchaban los cánticos de las sirenas, tan bellos y armoniosos, que las ninfas en su curiosidad, se fueron acercando poco a poco hasta el mar, sin darse cuenta de que las aguas las estaban arropando. Pero Hera, que observaba y vigilaba a sus hijas desde sus moradas,  avisó de inmediato a Zeus, quien ordenó a los cuatro vientos que soplasen sobre el mar. 

El viento sopló con tal intensidad, que las aguas del mar se alejaron en su totalidad, quedando así todas las sirenas a la vista y en tierra seca y firme.  Las ninfas se asombraron al verlas, porque tenían cola de pez, pero sus pechos y rostros eran de doncellas. Eran de hermoso semblante y no cesaban de cantar. Se acercaron hasta ellas, con tal dulzura y generosidad, con tanto amor y ternura, que las sirenas silenciaron sus cánticos y les preguntaron:






-


¿Qué virtudes poseen ustedes que se reflejan en sus ojos?

-Estamos dotadas de bondad, generosidad y un toque de amor fraterno. Esos fueron los obsequios de nuestros padres al nacer. Pero ustedes poseen una hermosa voz, seguid cantando.

Sin embargo, las sirenas estaban ya sofocadas porque se encontraban en tierra seca y firme, ya que habían nacido para vivir en el fondo del mar.  Les narraron a las ninfas cuál había sido el propósito de su padre: el dios Nereo. Entonces todas juntas suplicaron a sus padres terminar con la porfía; pues ellas ya habían decidido confraternizar con amistad. Y entonces, comprendiendo Nereo, innecesaria tal envidia, acordó con Zeus ordenar a los vientos soplar sobre los mares y regresar el agua a sus orígenes. Las sirenas se hundieron nuevamente en el fondo del océano y las ninfas regresaron a su isla.

Y, cuenta la leyenda, que la amistad prevaleció tan grandemente, que prometieron encontrarse cada vez que las nubes descendieran su llovizna sobre toda la Isla. Así, las oréades, cada vez que llovía, corrían hasta los lagos y esperaban muy ansiosas la visita de sus amigas las nereidas, quienes emergían de las profundidades hasta la superficie del lago, para allí saludar a sus compañeras ninfas





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autor:  MIriam Ramos
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